martes, 3 de julio de 2007

Palabras para Flor

Era ya la hora de mostrar las cartas ante la vida y sucumbir de una vez a una normalidad cobarde que maldecía por su comodidad. Algo me retaba a luchar por Flor, a pelear con ella o tenerla como meta de algo que se parecía a la existencia y que yo representaba por las noches. Flor estaba en las reuniones de los lunes en la playa, con su botella de algo bajo en calorías y su piel brillaba merced a las diminutas perlas de sudor que la empapaban, más digna y bella. Yo aquella noche paseaba por la orilla desacompasado y trémulo, borracho y drogado, con los ojos abiertos a la noche oscura y un punto de humanidad en lo que de Flor había pregnado en mi recuerdo. Fue un frío encuentro con ella, la saludé, la besé levemente y con su acento argentino, ya sabiamente explotado, hizo que diese mi pecho un vuelco y que la cocaína y los pelotazos se me bajasen a la punta de los pies y mi cuerpo retomara el control, y la lucidez, y el equilibrio de saberme ante un demonio cuyo Infierno había creado yo para atormentarme en mi papel de poeta maldito.

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